La crisis cubana ya no se explica únicamente por los apagones, la escasez de alimentos o el deterioro del salario. Hoy se expresa también en el lenguaje de la diplomacia y la confrontación global. La isla atraviesa uno de los momentos más frágiles de su historia reciente, atrapada entre la presión económica de Estados Unidos, el respaldo político de aliados estratégicos y una realidad social marcada por el agotamiento.
La falta de combustible se ha convertido en el eje más visible del colapso. Sin divisas suficientes para importar energía, el transporte público se reduce, la producción industrial se paraliza por tramos y los servicios básicos funcionan de manera intermitente. El petróleo, más que un insumo, es hoy un termómetro del poder y de la dependencia. Cada recorte se traduce en colas más largas, mercados vacíos y una economía informal que se expande para llenar los vacíos del Estado.
En este contexto, Cuba vuelve a ocupar un lugar incómodo en el escenario internacional. La presión externa busca forzar una negociación desde la asfixia económica, mientras aliados tradicionales denuncian el impacto social de esas medidas y prometen respaldo político y material. La isla, sin embargo, negocia desde una posición debilitada: sin margen fiscal, con un tejido productivo erosionado y una población cansada de administrar carencias.
La crisis no golpea a todos por igual. En los últimos años se ha consolidado una brecha entre quienes tienen acceso a divisas y quienes dependen exclusivamente de ingresos en moneda local. Pequeños negocios, remesas y mercados paralelos se han vuelto estrategias de supervivencia para algunos, mientras amplios sectores quedan rezagados. Esta desigualdad creciente redefine la vida cotidiana y erosiona uno de los pilares simbólicos del modelo cubano: la promesa de igualdad.

