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El coronavirus y su devastación… ¿qué hacen las familias?

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Familia, diversión, salud y respeto a los protocolos. Los citados nueve vocablos sintetizan lo que expertos de la conducta humana, de la sociología y científicos de la medicina podrían exponer -en busca de soluciones prácticas- sobre el futuro inmediato que como consecuencia del devastador coronavirus le espera a todo el planeta.

Esta pandemia, precisan expertos, tiene “a sus pies” al ente humano…y no discrimina, porque grandes países como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia todavía no encuentran los adecuados medicamentos -y hacen hincapié en la tan cacareada vacuna salvadora- para frenar la terrible enfermedad que ha ocasionado la muerte a más de 11 millones de personas.

Y en EE.UU., considerado como el país líder en las áreas económica y militar, con incuestionables avances en la medicina y otros segmentos del conocimiento científico y cultural, ha sido el más atacado. En la tierra del Tío Sam han muerto -al momento de escribirse este trabajo- más de 247,000 personas con un contagio que pasa de los diez millones de estadounidenses.

Este coronavirus, postulan analistas, trastocó de manera muy seria la economía de USA y ni hablar de su sistema sanitario y las consecuencias de esa enfermedad, con furia invisible, que no da tregua, ha sido un gran obstáculo para el crecimiento del turismo.

El turismo, en estos terribles tiempos de pandemia, ha colapsado. ¡Solo una verdadera vacuna salvará a la siempre acariciada industria “sin chimenea” en todo el orbe!

En tanto que la ciudadanía dominicana, sin importar los altos estragos que han llegado por estos predios quisqueyanos producto del coronavirus, no pierde su alegría e históricas manifestaciones de reír…porque los dominicanos, en familia, disfrutan la vida a todo dar, subrayan observadores del proceder social.

“Sí, el coronavirus es una muy seria que nos sigue atacando, pero ¿quién ha dicho que por eso nosotros (en familia) no tenemos derecho a la diversión sana?”

Fue una proclama escuchada por este reportero y que salió de labios del señor Roberto Ascencio Ramírez, quien estaba acompañado de dos hijos, su esposa y varios amigos que disfrutaban -en una tarde dominical- en el Malecón de Santo Domingo.

Todos los domingos, entre la una y seis de la tarde -y que el toque de queda no llegue antes de tiempo- familias de la capital se agolpan en el emblemático lugar para olvidarse (¿?) del devastador coronavirus lo que aprovechan para evitar se perjudicadas por el peligroso estrés.

Un detalle muy importante: De acuerdo con lo que afirman los mismos observadores, la gente -especialmente en la Zona Colonial y el malecón- se divierte, pero al mismo tiempo cumplen con el distanciamiento social y los demás (necesarios) protocolos, incluidos el distanciamiento social y el uso de mascarillas, para de esa manera evitar ser alcanzada por el COVID-19.

Niños y adolescentes son quienes más se divierten

En el recorrido que hizo este periodista por el malecón y la Zona Colonial se comprobó que niños y adolescentes -de uno y otro sexo-, acompañados de sus padres, eran quienes más disfrutaban de la sanidad de esos sectores.

La Zona Colonial, que según el Gobierno tendrá la segunda etapa de su remodelación, es histórica y atractiva, mezcla de la llamada vida moderna de la capital dominicana.

Un informe del Ministerio de Turismo señala que “ruinas desmoronadas del siglo XVI, diseminadas entre edificios coloniales maravillosamente restaurados, son un recordatorio constante de la increíble historia de esta ciudad de Santo Domingo fundada a fines del 1400”. En ese mismo contexto, se refiere que Santo Domingo es “la Ciudad Primada del Nuevo Mundo” donde vivió y descasan sus restos, la juventud, así como los llamados adultos mayores, aunque tal vez no conozcan la vieja historia de la Zona Colonial y todo su entorno, siguen disfrutando de sus encantos…¡sin, hacerle caso al coronavirus y sus peligroso estragos!

Esa geografía urbana es aprovechada -y se observa siempre- para hacer turismo. Turismo interno, los ciudadanos criollos y el que también hacen miles de extranjeros, especialmente viajeros estadounidenses, canadienses y europeos.

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